miércoles, 23 de octubre de 2013


PEQUEÑO DUENDE

                   a mi hija, Laura


Pequeño duende
PEQUEÑO DUENDE

                          a mi hija, Laura



Pequeño duende

que saltas por los montes

inconforme y rebelde

te me antojas

el hacedor de lo desconocido

componedor

de hechizos misteriosos

que hacen la vida leve

fecunda

interesante.



Eres

la magia de lo humilde

la chispa de lo triste

lo enorme de lo breve.



Eres espuela fina

que aguijona y no hiere

Eres roce de gotas cristalinas

en la piel cuando duele.




Tienes la llave-clave

que abre todas las puertas

y la salida

precisa y consecuente

de todos los problemas.



Te me apareces,

como si no pasara nada,

en cualquier circunstancia

en la reunión

en la oficina

en un informe

o en la guardia.



Pequeño duende

vive siempre conmigo

inconforme y rebelde

haz lo desconocido cotidiano

lo común misterioso

bueno lo malo.




inconforme y rebelde

te me antojas

el hacedor de lo desconocido

componedor

de hechizos misteriosos

que hacen la vida leve

fecunda

interesante.



Eres

la magia de lo humilde

la chispa de lo triste

lo enorme de lo breve.



Eres espuela fina

que aguijona y no hiere

Eres roce de gotas cristalinas

en la piel cuando duele.




Tienes la llave-clave

que abre todas las puertas

y la salida

precisa y consecuente

de todos los problemas.



Te me apareces,

como si no pasara nada,

en cualquier circunstancia

en la reunión

en la oficina

en un informe

o en la guardia.



Pequeño duende

vive siempre conmigo

inconforme y rebelde

haz lo desconocido cotidiano

lo común misterioso

bueno lo malo.

sábado, 19 de octubre de 2013


Nueva clave

Escribí un cuento en mí menor
y nunca pude concluirlo:
los personajes no se delineaban,
andaban de cabeza
como los chinos en las antípodas.

Hoy he escrito un cuento en tú mayor
y he logrado mi sagrado propósito.

El premio


Primero me desterraron. Tuve que caminar por las arenas del desierto hasta que me sangraron los pies, sin contar el calor, la sed y el cansancio. Sentí hambre, frío y miedo. Luego, me buscaron  hasta encontrarme, me trajeron de regreso  y me dispararon cuatro balazos en el pecho.
Cuando caía, noté que en el suelo habían crecido flores rojas de mis gotas de sangre; en mi pecho brotaron rosas de las heridas.
Los burócratas supieron de mi sangre milagrosa. Se arrepintieron del crimen, pero era tarde.
Para el funeral, colocaron cuatro medallas donde antes estuvieron las heridas de las balas, y una enorme bandera patria cubrió mi ataúd. Subí al cielo tranquila y sin rencores.

viernes, 18 de octubre de 2013



Como narrado por mi madre, este cuento relata la historia de un sueño premonitorio, como los que describe K. Jung en "Los sueños y el inconsciente".

¡Tembló la tierra en Remedios!

            La veía con claridad meridiana: mi sobrina Enriqueta me miraba desde el campanario de la iglesia de Remedios y movía con prisa su brazo derecho sosteniendo un papel en la mano, como saludándome, como advirtiéndome.
            Otra escena, y mi mamá, desde el zaguán de nuestra antigua casa remediana, se disponía a salir despedida hacia la calle, mientras gritaba:
            — ¡Salgan pronto!
            Me desperté asustada.
         A las siete, abrí el periódico y leí el inusitado titular de primera plana: ¡Tembló la tierra en Remedios! Casi al instante llegaba un telegrama de Enriqueta: "Todos bien, Queta."

jueves, 17 de octubre de 2013


¡Qué memoria!
a mi padre     


En esa etapa de la vida que nos deleitamos en llamar con un  eufemismo "madurez", cuando aún somos capaces de desplegar euforia y energía con esfuerzos inconscientes, ciertos síntomas subrepticios de naturaleza dudosa se empeñan en clarinetearnos la cercanía de la rechazada tercera edad. El primero es, quizás, la presbicia; los cada día más frecuentes fallos de la memoria le siguen los pasos con premura. No obstante, la nunca suficientemente temida vejez parece compensarnos con rafagazos frecuentes de recuerdos que nos presentan, como en un cinematógrafo interior, pedazos de pasado olvidados hasta entonces. Pero hay aún sorpresas mayores: entre los recuerdos añosos que emergen desde adentro pueden, en exclusiva ocasión, raptarnos desde afuera unos sin nombre a los que me permito llamar aquí revelaciones en pro de mi relato. Así, a los cincuentitantos años, no es lo mismo haber recordado siempre que recordar de pronto, como ninguna de las susodichas variantes se parece siquiera a tener una revelación. En esta mi historia, hay memoria dentro de la memoria y revelación dentro de la revelación. Y, ¡créanme! no es un simple juego de palabras. ¿Seré capaz de hacérselos entender?

La señora Raquel María Fons González, cubana de pura cepa, sincrética y transculturada, de antecedentes matanceros y habanera de cuna, había tenido de pequeña una memoria fabulosa. Y su padre quiso conservársela, estimulándola a ejercitarla de continuo. No era una memoria monstruosa, pero sí privilegiada, y buena parte de sus éxitos escolares y académicos estuvieron apuntalados por el eco de una frase de su infancia repetida indiscriminadamente por sus familiares a lo largo de su niñez:

-- ¡Qué memoria tiene esta niña! --, solía escucharse cada vez que Raquelita recordaba el nombre y los dos apellidos de algún conocido ocasional o recitaba un interminable poema en inglés o rectificaba el orden real de sucesos de la historia matancera que, por remotos, habían ido adquiriendo extrañas concatenaciones en las mentes de sus protagonistas.

A veces Raquelita solía recordar cosas de las que nadie se acordaba, y, cuando algún bisabuelo sobreviviente confirmaba la veracidad de sus narraciones, cualquiera de los presentes exclamaba sin pensarlo:

-- ¡Qué memoria!

Sentada en su mullido butacón predilecto, la señora Raquel María quiso probar una vez más el poder de su memoria, ahora que ya se había jubilado y no estaba obligada a "archivar" informaciones inútiles en su mente serena. Se dispuso, pues, a recordar, y eligió para ello el incidente que había provocado la frase de sus  seguridades infantiles.

Supo así que siempre había recordado el día en que habían visitado las "Cuevas de Bellamar" con el tisiólogo mexicano Roberto Bermúdez y Castillo. Recordó de pronto que iba sentada detrás de su padre en el recién comprado Packard verde todavía oloroso a vidriera y a aire acondicionado; que su madre le había cedido a Lourdes la ventanilla derecha para que las hermanas no sintieran discriminación en el trato; que disfrutaban las vacaciones navideñas, y que un espíritu de magia y aventuras las envolvía cuando entonaba los villancicos tantas veces ensayados en la escuela.

Había recordado siempre que habían tomado, casi de madrugada, por la Carretera Central, porque la Vía Blanca ni soñaba todavía con ser diseñada por gobernante o ingeniero alguno. Recordó de pronto la neblina entreverada con rayos de sol bajo los ficus arqueados del camino y el olor dulce y húmedo del aguinaldo y de las clavellinas de cercas y jardines que, en fuga, parecían despedirse de ellos en sentido contrario.

Había recordado siempre que comían un pan abizcochado y fusiforme cuyas migajas no podrían, bajo ningún concepto, ir a adornar las alfombras del Packard. Recordó de pronto que ese pan se compraba en Jamaica, que entonces no era para ella otro país, como lo es ahora, sino un poblado despoblado, aunque limpio, y tan recto como la carretera que lo atravesaba.

Había recordado siempre que, como cada vez que llegaban a Catalina de Güines, habían tenido que comprar butifarras y cantar cierta canción alusiva a un tal "Congo" que le echaba salsita a los bien sazonados embutidos. Recordó de pronto la fachada azul del establecimiento que se modernizaba con los años y que le llegó a parecer, en sus percepciones infantiles, la versión criolla de las cafeterías "Howard Johnson" ya inexistentes en los Estados Unidos.

Había recordado siempre Madruga porque allí había nacido Cora, su niñera. Recordó de pronto la alegría de sus calles, el colorido de sus casitas, el bullicio de sus gentes, más extrovertidas que en otros lugares de la Isla.

Había recordado siempre cierta ermita en lo alto de una loma a la que solían subir para contemplar imágenes de santos, o en peregrinación si su abuela los acompañaba en la empresa. Recordó de pronto que la ermita estaba de alguna forma relacionada con el valle del Yumurí, y que para llegar a ella había que hacer un tremendo rodeo que nunca se consideraba una pérdida de tiempo. Ocurría, en este viaje en particular, que había que compensar al doctor Bermúdez por los equilibrios de acróbata aficionado que se había visto forzado a realizar cierta vez para que Isidoro, padre de Raquel María, de visita en Yucatán en ocasión del "Congreso Panamericano de Tisiología" de 1949, pudiese trepar hasta la cima de una pirámide de Chichén Itzá y desde allí, contemplar el anchuroso paisaje de la famosa península mexicana.

Había recordado siempre  -porque para eso todavía funcionaba en su casa un oxidado proyector de cine de ocho milímetros-  que su padre filmaba cuanto gesto simiesco se les ocurriera "monear" a ella o a Lourdes mientras se mecían en los columpios del parque infantil del patio de la ermita, que tenía más que ver en su memoria con la esencia del paseo que la cabellera de bucles del San Juan que se erguía en uno de sus altares. Recordó de pronto que su madre llevaba en la cartera un velo negro y dos velitos blancos para posarlos sobre las tres cabezas femeninas en el caso de que la religiosa ocasión se presentara.

Había recordado siempre que, cuando atravesaban Matanzas, no la provincia sino la "Atenas", Isidoro recitaba una décima cargada de blasfemias sobre la ciudad, un mono, un telón y el nunca bien ponderado "Pan", que, a pesar de sus groserías, aparecía como ejemplo de perfección literaria en los libros de Literatura Preceptiva (¡Ya nadie debe acordarse de eso!) y, por ello, podía ser repetida en cualquier situación propicia siempre que se especificara su importancia literaria. Recordó de pronto que el  día de marras, después de numerosos giros de timón, llegaron a una carreterita bien estrecha en cuya entrada todavía hoy se divisa un coloreado cartel de latón que reza, con letras de abuelas, CUEVAS DE BELLAMAR, y que el pequeñísimo tramo que conduce hasta ellas le pareció el más largo y sinuoso camino por el que hubiera pasado jamás automóvil alguno.



Había recordado siempre haber tomado "Materva" con galleticas preparadas, y que Lourdes hacía buches de deleite con el gaseoso brebaje. Recordó de pronto que Isidoro las regañó con saña por colocar trozos de galletas de soda en la boca de la botella para recibir, en un solo golpe de sabor, refresco y galleta a modo de efervescente tostada inventada por las hermanas para su exclusivo goce bipersonal.

No pudo evitar que se le escapara una risa convulsiva que sacó, como un resorte, al gato Mauricio de la placidez de su sueño pospandreal. Doña Raquel María reía con cincuenta años menos, y disfrutaba, con inocente sadismo, la ira de Isidoro a quien ambas hermanas se complacían en mortificar como muestra excepcional de cariño.

Completamente sola  -ya Mauricio había encontrado en el comedor más pacífico refugio-, Raquelita comenzó a sentir en su boca el sabor de aquel engendro lunchero que era, para ella y Lourdes, verdadero bocatto di cardinale, y se transportó en el espacio y en el tiempo a la explanda que albergaba el rústico restorán campestre a la entrada de la cueva. Ahora no estaba recordando. Había rejuvenecido al punto de que sus oídos no traqueaban  al tragar, y la sensación de tener dos libras de algodón dentro de su cabeza había desaparecido para siempre. Raquelita saltaba de un lado para otro dentro de su trusita de dos piezas hasta que un mano adulta la condujo casi a la fuerza hasta un torniquete de bronce del que pudo colgarse por las manos doblando bien las rodillas para quedar suspendida en el aire mientras giraba hacia la entrada de la cueva y se desprendía para caer en cuclillas en lo alto de una empinada escalera que se le antojó la de incendios. Descendió con pericia, sintiendo tras ella las pisadas de Lourdes, bombero también, apresurada hacia el fuego de sus imaginaciones. Más atrás, las voces de los adultos que preguntaban y la del guía que respondía hasta alcanzar el punto en que sus respuestas se intersectaban con el discurso preparado de antemano para el que estaban bien marcados los matices interpretativos necesarios. Terminando la niña de apoyar el pie derecho en el último paldaño, el ímpetu del izquierdo devino un cuasi resbalón que Raquelita supo convertir, airosa, en paso de patinaje sobre hielo. ¿Quién iba a imaginar que al escarpado descenso sucedería otro similar pero más peligroso y atrayente? Ahora las "patinadoras" recordaban el vals de Strauss, tan manido en las clases de ballet, y continuaban su artística bajada hasta que un patinazo las sentó a una sobre la otra.

-- ¡Niñas! ¡Si siguen así, no las vamos a traer más!

La exclamación de Nena las salvaba del ridículo ante los miles de espectadores que las habían aclamado y las devolvía instantáneamente a la realidad. Pero, casi sin pestañar, ya Raquelita se estaba sumiendo en otra escena de cine en la cual eran ella y Lourdes las protagonistas indiscutibles. La voz del guía la condujo a ella sin querer:

-- A su izquierda, pueden contemplar esas perfectas estalagmitas donde aparecen, como esculpidas por maestro cincel, las figuras de Blanca Nieves y los siete enanitos del bosque...

Y Raquelita empieza, seguida por su hermana, a entonar:

-- ¡Jai jou, jai jou, a casa a descansar! Jai jou, jai jou, jai jou, a casa a descansar!...

Caminaba, humilde la princesa, seguida de Gruñón, caminaba, caminaba, cuando la voz del guía comenzó a narrar la historia de una turista americana que se metió por la boca de "ese túnel que ven allí" y no salió nunca más. Trocóse Blanca Nieves en la gringa Rachel Mary al soltar, para siempre, la mano de Gruñón y extasiarse ante una cueva negra y estrecha, ¡una cueva de verdad!, sin torniquete, ni escaleras, ni luces, ni guía... Su cuerpo se detuvo ante la cadena que cerraba el paso a los curiosos, pero su mente siguió deambulando dentro del túnel-cueva hechizada por el mundo que se abría tras él: cortinas, telones, retablos, icebergs, fiordos, columnas, dinosaurios, serpientes, gnomos, manos errantes, perfiles estáticos, aves exóticas, ciudades completas, escondrijos a pastos, laberintos pétreos, gélidos, húmedos, con su rubia cabellera flotando detrás de su cabeza llena de duendes y coleópteros estalagmíticos. Caminaba el espíritu de Rachel Mary túnel adentro mientras el cuerpo aterido de Raquelita era conducido por nuevos recovecos señalados por el guía que continuaba discurseando:

-- Y esto que ven arriba, a su derecha, se llama...

-- ¡El Nacimiento! --, adelantó, con fingido acento de gringa, la niña que, alucinada, continuó, -- Al fondo, podrán distinguir las figuras de la Virgen y el Niño; allá, el lucero; acá,  los pastores, y ¡los Reyes Magos con sus ofrendas!


-- Pero, ¡qué memoria tiene su hijita! -- exclamó extasiado el guía que había perdido el hilo de su discurso.

En este punto del recordar de pronto, vio doña Raquel María en la distancia la cara de asombro de su padre, y vio la duda reflejada en su rostro; observó, desde los años, a Raquelita, ingenua e inocente, buscando la mano de su hermana para continuar sus aventuras, y contempló a todos los presentes asintiendo mientras Isidoro, ya resuelto, afirmaba casi convencido:

-- ¡Qué memoria tiene mi hija! ¡Qué memoria, Dios mío!

Fue en este recordar recordando que a doña Raquel María Fons González se le reveló, desde sabe Dios qué extraño y remoto lugar, la cara de su madre, con "El Nacimiento" por fondo, musitando al oído de Isidoro;

-- Pero, viejo, ¡si es la primera vez que entramos en Las Cuevas de Bellamar!



miércoles, 16 de octubre de 2013

martes, 15 de octubre de 2013


Juan Azafrán


Era la época de los descubrimientos. El hombre había crecido y comenzaba a descubrirlo todo. La mujer también había crecido. Pero los hombres no lo habían descubierto aún. ¡Faltaba tanto para eso!

Los hombres descubrían algo y le ponían su nombre para pasar a la Historia. Después, tuvieron que crear el Premio Nobel para que la Historia no se llenara de nombres extraños. Pero eso fue mucho después.

Juan Azafrán no era un descubridor. Se entretenía mirando al cielo y contemplando su inmensidad, cuando no trabajaba. Pero el rumor llegó a sus oídos sin quererlo. Entonces, ya no miró más al cielo. La inmensidad estaba aquí en la Tierra, y había que descubrirla.

Se pasó muchos años tratando de descubrir la inmensidad , gastando todo lo que ganaba en probetas, sustancias, maderas, cables y hornos.

Llegó a viejo sin darse cuente. Y cuando se vio frente a la muerte, pensó que no era justo que hubiese malgastado su vida. ¡Era la única que tenía!

Entonces, decidió engañar a todos y crear su propio descubrimiento para pasar, él también, a la Historia.

Agarró todo lo que había comprado y fabricó una cosa que se movía sin parar. Dijo que había descubierto el movimiento perpetuo. Se fue a la feria para mostrarlo. Todos quedaron asombrados.

Así, Juan Azafrán descubrió el invento.